Cardenal Carlo Caffarra

Cardenal Carlo Caffarra en el Foro de Vida de Roma, 19 mayo 2017

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«Y Yo, cuando fuere levantado de la tierra, a todos atraeré hacia Mí» (Jn 12, 32). «Todo el mundo yace bajo el poder del Maligno» (1 Jn 5, 19b).

Leyendo estas divinas palabras tenemos la perfecta conciencia de lo que realmente está ocurriendo en el mundo, dentro de la historia humana, considerada en su profundidad. La historia humana es una confrontación entre dos fuerzas: la fuerza de atracción, que tiene su principio en el Corazón herido del Crucificado, y el poder de

Satanás, que no quiere ser expulsado de su reino.

El área en la cual la confrontación toma lugar es en el corazón del hombre, es la libertad humana. Y la confrontación tiene dos dimensiones: una dimensión interior, otra dimensión exterior.

Primer punto: Durante el proceso delante de Pilatos, el gobernador preguntó a Jesús si Él es Rey; si – el cual es el significado de la pregunta de Pilato- él tiene un verdadero y propio poder soberano y político en algún determinado territorio. Jesús responde:

«Tú lo dices: Yo soy Rey. Para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la Verdad. Todo el que es de la verdad escucha Mi Voz» (Jn 18, 37).

“Jesús quiere que comprendamos que su reino no es como los reinos de este mundo, sino que consiste en la obediencia del súbdito a su Palabra, a Su Verdad. Aunque él reina sobre los súbditos, no es a través de la fuerza o el poder, sino mediante la verdad, de la cual él es testigo, y ´todo aquel que es de la verdad´ lo recibe con fe” (I. de la Poterrie).

Tomás de Aquino pone las siguientes palabras en la boca del Salvador:

´En cuanto Yo, el Señor, me manifiesto a Mí mismo como la verdad, en tanto me preparo un Reino´.

Jesús en la Cruz atrae a todos hacia Él, porque es en la Cruz cómo la verdad, de la que él es testigo, está resplandeciendo.

Pero esta fuerza de atracción sólo puede tener efecto en aquellos que son de la verdad. Esto es, en aquellos que sólo profundamente están disponibles a la verdad, que aman la verdad, que viven en la familiaridad con ella. Pascal escribió:

“No me buscarías si no me hubieras ya encontrado”.

El poder de atracción de Jesús.

Aquel que prevalece sobre todo el mundo, domina, sin embargo, a través de la mentira. Tratemos de las palabras de Jesús sobre Satanás:

«Él, dice Jesús, era homicida desde el principio y no se mantuvo en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla la mentira, habla de su cosecha, porque es mentiroso y padre de la mentira» (Jn 8, 44).

El texto es dramático. La primera proposición – «Él fue homicida desde el principio»- se explica por la segunda: «y no permaneció en la verdad». El homicidio que el diablo cumple consiste en que no permanece en la verdad, no reside en la verdad. Él es homicida porque busca extinguir, matar en el corazón del hombre la verdad, el deseo de ella. Persuadiendo al hombre a no creer, quiere que el hombre se cierre a la luz de la Divina Revelación, que es el Verbo encarnado. Por lo tanto, estas palabras de Jesús sobre Satanás –como hoy la mayoría de los exegetas creen- no hablan de la caída de los ángeles. Hablan de algo más profundo, algo espantoso: Satanás constantemente rechaza la verdad, y su acción dentro de la sociedad humana consiste en oponerse a la verdad. Satanás es esta negativa; es esta oposición.

El texto prosigue: «porque, dice Jesús, no hay verdad en él». Las palabras de Jesús van a la raíz profunda de la obra de Satanás. Él es en sí mismo una mentira. En su persona la verdad está completamente ausente, y por lo tanto, él es por definición el único que se opone a la verdad. Jesús añade inmediatamente: «Cuando habla la mentira, habla de lo suyo, porque es mentiroso y padre de la mentira». Cuando el Señor dice «habla de lo suyo» nos introduce en la interioridad de Satanás, en su corazón. Un corazón que vive en la oscuridad, en las sombras: una casa sin puertas y sin ventanas.

Esto es, por lo tanto, en síntesis lo que está ocurriendo en el corazón del hombre: Jesús, la Revelación del Padre, ejerce una fuerte atracción hacia Su Corazón. Satanás trabaja contra esto, para neutralizar la fuerza de atracción del Crucificado. Obra en el corazón del hombre la fuerza de la verdad que nos hace libres y la fuerza satánica de la mentira que nos hace esclavos.

Pero la persona no es sólo la interioridad, no es solamente puro espíritu; su interioridad se expresa y manifiesta en la construcción de la sociedad en la cual vive. La interioridad humana se expresa y manifiesta en la cultura, la cual es una dimensión esencial de la vida humana como tal. La cultura es el modo específicamente humano de vivir.

La condición en la cual se encuentra el hombre, puesto como está entre dos fuerzas opuestas, necesariamente da origen a dos culturas: la cultura de la verdad y la cultura de la mentira.

Hay un libro en la Sagrada Escritura, el último, el Apocalipsis, el cual describe la confrontación final entre dos reinos. En este libro, la atracción de Cristo toma la forma de triunfo sobre los poderes enemigos comandados por Satanás. Este es un triunfo el cual viene después de un largo combate. Los primeros frutos de la victoria son los mártires:

«El gran Dragón, dice el Apocalipsis, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, …atención… el que seduce a todo el mundo, fue precipitado a la tierra… Pero ellos, los mártires, le vencieron en virtud de la Sangre del Cordero y gracias al testimonio que dieron en su martirio» (Ap 12, 9.11).

Segundo punto: En esta segunda sección, me gustaría responder a la siguiente cuestión: en nuestra cultura occidental, ¿hay sucesos que revelan en un modo particularmente claro la confrontación entre la atracción ejercida sobre el hombre por el Crucificado, y la cultura de la mentira edificada por Satanás? ¿Existe de hechos esta confrontación? Mi respuesta es afirmativa, y hay dos sucesos en particular.

El primer suceso es la transformación de un crimen (crimen nefando lo llama el Concilio Vaticano II), el aborto como un derecho. Noten bien. No estoy hablando del aborto como un acto cometido por una persona. No estoy hablando de esto. Estoy hablando de la más grande legitimación, que un ordenamiento jurídico puede realizar en un acto humano: incluirlo en la categoría del derecho subjetivo, lo cual es una categoría ética. Esto significa llamar a lo que es bueno, malo, a lo que es luz, tinieblas. «Cuando él habla la mentira, dice Jesús, él habla de lo suyo, porque él es mentiroso y padre de la mentira». Esto es un hecho que produce una anti-Revelación.

¿Cuál es, de hecho, la lógica que preside el ennoblecimiento del aborto? En primer lugar, la más profunda negación de la verdad del hombre. Tan pronto como Noé dejó el Arca del Diluvio, Dios dijo:

«El que derramare la sangre humana, por mano de hombre será derramada la suya, porque el hombre ha sido hecho imagen de Dios» (Gn 9, 6).

La razón por la cual el hombre no debería derramar la sangre del hombre es que el hombre es imagen de Dios. A través del hombre, Dios mora dentro de Su creación. La creación es el templo del Señor, porque el hombre habita allí. Violar la intangibilidad de la persona humana es un acto sacrílego contra la Santidad de Dios. Es un intento satánico de dar origen a una anti-creación. Al ennoblecer la matanza de los hombres, Satanás ha puesto el fundamento de su “creación”: remover de la creación la imagen de Dios, oscurecer en la creación la presencia de Dios.

Escribe San Ambrosio, en el comentario al Génesis:

«La creación del mundo fue completada con la formación de la pieza maestra, que es el hombre, el cual… es en efecto la culminación de la creación, la suprema belleza de todo lo creado» (Exam., Sexto día, Disc 9, 10.75; BA I, pag. 417).

En el momento en el cual se afirma el derecho del hombre de disponer de la vida y de la muerte de otro hombre, Dios es expulsado de su creación, porque viene negada su presencia original, viene profanada su original mansión sagrada dentro de la creación, la persona humana. Este es el primer hecho, que es un verdadero choque: contra la atracción del Corazón de Cristo, el poder de Satanás.

El segundo suceso es el ennoblecimiento de la homosexualidad. Éste -el ennoblecimiento- niega enteramente la verdad del matrimonio, el pensamiento de Dios Creador sobre el matrimonio.

La Divina Revelación nos habla cómo Dios piensa del matrimonio: la unión legítima del hombre y de la mujer, fuente de la vida. El matrimonio, en la Mente de Dios, tiene una estructura permanente, basada en la dualidad del modo humano de ser: la femineidad, la masculinidad. No son dos polos opuestos, sino que son el uno para el otro. Solamente así el hombre puede escapar de su soledad original.

Una de las leyes fundamentales con el cual Dios gobierna el universo es que Él no actúa solo. Esta es la ley de la cooperación del hombre con el gobierno divino. La unión entre el hombre y la mujer, quienes llegan a ser una sola carne, es la cooperación humana en el acto creativo de Dios: cada persona humana es creada por Dios y engendrada por sus padres. Dios celebra la liturgia de su acto creativo en el tempo santo del amor conyugal.

En síntesis. Dos son las columnas de la creación: la persona humana en su irreductibilidad al universo material, y la unión conyugal entre un hombre y una mujer, el lugar en el cual Dios crea una nueva persona humana “a su imagen y semejanza”. La elevación del aborto a un derecho subjetivo es la demolición de la primera columna. El ennoblecimiento de la relación homosexual, cuando es equiparada al matrimonio, es la destrucción de la segundo columna.

En la raíz de esto está la obra de Satanás que quiere construir una anti-creación. El último y terrible desafío que Satanás lanza a Dios: “Te voy a demostrar-le dice- que soy capaz de construir una alternativa a tu creación. Y el hombre dirá: es mejor esta creación alternativa que tu creación”.

Es una espantosa estrategia de la mentira, construida alrededor de un profundo desprecio por el hombre. El hombre no es capaz de elevarse al esplendor de la Verdad. No es capaz de vivir dentro de la paradoja de un infinito deseo de felicidad. No es capaz de encontrarse a sí mismo en el don sincero de sí mismo. Y, por lo tanto, -continúa el discurso, la mentira de Satanás- le digo al hombre qué banal es el hombre. Nosotros le convenceremos que no existe la Verdad y que la búsqueda de la verdad es, por lo tanto, una pasión triste e inútil. Persuadamos al hombre a acortar la medida de su deseo con la medida del instante que pasa. Metamos en el corazón del hombre la sospecha de que el amor es sólo la máscara de placer.

El Gran Inquisidor de Dostoievski habla así en este modo a Jesús:

“Tú tienes una opinión demasiado alta de los hombres, porque, sin ninguna duda, han nacido esclavos, aunque son rebeldes por naturaleza… Te juro que el hombre es más débil y más vil que lo que has pensado. Es débil y mezquino”.

Dos hechos que revelan el choque profundo que están ocurriendo dentro de nuestra vida humana.

Tercer punto y último: ¿Cómo debemos de morar en esta situación? En el tercero y último punto de mi reflexión, buscaré la respuesta atentamente a esa cuestión.

La respuesta es simple: dentro de la confrontación entre la creación y la anti-creación, estamos llamados a testimoniar. Este testimonio es nuestro modo de estar en el mundo.

El Nuevo Testamento tiene una riquísima doctrina en esta materia. Me debo limitar a indicar los tres significados fundamentales que constituyen el testimonio.

a. Testimoniar significa hablar, decir, anunciar abierta y públicamente. Aquel que no da testimonio en este modo es semejante al soldado que en el momento decisivo de la batalla escapa. No somos más testigos, sino desertores, si no hablamos abierta y públicamente. La Marcha por la Vida es, por consiguiente, un gran testimonio.

b. Testimoniar significa anunciar abierta y públicamente la divina Revelación, la cual implica aquella evidencia original, que la sola razón, rectamente usada, descubre. Y hablar en particular, abierta y públicamente, del Evangelio de la Vida y del Matrimonio.

c. Testimoniar significa decir, anunciar abierta y públicamente el Evangelio de la Vida y del Matrimonio en un contexto procesal. Me explico. He hablado frecuentemente de una confrontación. Esta confrontación aumenta asumiendo la apariencia de un proceso, de un juicio, en el cual el imputado es Jesús y su Evangelio. Como en todo juicio, hay también testigos a favor: en favor de Jesús y de Su Evangelio. El anuncio del Evangelio del Matrimonio y de la Vida tiene lugar, hoy día, en un contexto de hostilidad, de contestación, de incredulidad. La alternativa es una de las dos opciones: o la Iglesia silencia el Evangelio, o la Iglesia dice algo. Obviamente, lo que debería decirse no debe ser interpretado como el significado que el cristiano debe hacerse antipático a todo el mundo.

Santo Tomás escribe:

“Es la misma cosa cuando se enfrentan dos contrarios, luchar por uno, rechazar el otro. Como en la medicina, la cual se propone la curación excluyendo la enfermedad. Por tanto, es propio del hombre sabio meditar en la verdad, especialmente considerando el Primer Principio, y confutar la mentira contraria” (CG Libro I, Cap. I, no. 6).

En el ámbito del testimonio del Evangelio, el irenismo y el concordismo deben ser excluidos. Sobre esto Jesús ha sido explícito, de lo contrario sería un pésimo médico que adoptó una actitud irénica hacia la enfermedad.

San Agustín escribe:

«Ama al errante, pero rechaza el error». Tenga en cuenta esto bien. La palabra latina per-sequor es un verbo intensificador. El significado, por lo tanto, es: «Rechaza el error. Descubre sus mentiras en los lugares ocultos, y condénalo metiéndolo en la luz la inconsistencia».

Concluyo con un texto de un gran testimonio, de un gran confesor de la fe, el ruso Pavel A. Florenskij. Dice este mártir de la fe:

«Cristo es testigo, en el sentido estricto de la palabra, es el Testigo. En su crucifixión, los judíos y los romanos creían que sólo estaban siendo testigos de un acontecimiento histórico, pero el evento se reveló como la Verdad». [La filosofía de la religión, San Paolo ed., Milán 2017, página 512].

Jesús Crucificado y Resucitado.

«Y yo cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Juan 12, 32).

Me gustaría añadir una reflexión.

Esta reflexión mía se ha inspirado también en una carta que Sor Lucía me escribió.

En 1981, fui llamado por el Papa Juan Pablo II para fundar el instituto para el estudio del matrimonio y la familia. En los años siguientes, que fueron muy difíciles, muchas personas, dentro y fuera de la Iglesia, que no querían este instituto por la propuesta cultural que hacía, desde que el Instituto Juan Pablo II fue dedicado a la Santa Virgen de Fátima. En un momento muy difícil para mí como presidente, escribí una carta a Sor Lucia, pidiéndole simplemente que rezare por el Instituto, diciéndole también que no esperaba una respuesta.

Para mi gran sorpresa, después de algunas semanas, a través del Obispo de Leiría, el Obispo de Lucia, Sor Lucia me respondió, de la carta recuerdo, y no me olvidaré en toda vida, las últimas palabras de la carta, palabras que han quedado grabadas en mi corazón. Estas son:

“Vendrá un tiempo cuando la batalla decisiva entre Cristo y el reino de Satanás será el Matrimonio y la Familia. Aquellos que trabajen por el matrimonio y la familia sufrirán tribulaciones y persecuciones. Pero, – se dirigió a mí- Padre no tenga miedo porque Nuestra Señora está lista para aplastar su cabeza”.

Mis reflexiones en estas páginas están basadas también en las inolvidables palabras de Sor Lucia. Y con la convicción de que aquello que Lucia dijo en su momento se está cumpliendo en nuestros días.

Gracias por su atención.