20 agosto

San Bernardo, Abad y octor de la Iglesia

«Cualquiera que hiciere la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano y mi hermana, y mi madre» (Mateo 24, 7).

En el territorio de Langres, el tránsito de san Bernardo, primer Abad de Claraval, glorioso en santidad, doctrina y milagros, a quien el Sumo Pontífice Pío VIII declaró Doctor de la Iglesia universal. n. 1090 en Fontaines-les-Dijon (Borgoña), Francia; † 20 de agosto de 1153 en Claraval.

Patrono de las abejas y los apicultores; fabricantes de velas.

San Bernardo, nacido en 1090 de noble familia en Fontaines-les-Dijon, entró en la abadía de Císter, acompañado de sus hermanos y otros veintiséis nobles. Más grande aun por sus virtudes que por su genio, rehusó los arzobispados de Reims, de Génova y de Milán, declarándose indigno de tal honor. Llegó a ser el árbitro de los obispos, de los reyes y de los papas. Predicó una cruzada con prodigioso éxito y fundó una multitud de monasterios. Al mismo tiempo fue un gran taumaturgo y el azote de las herejías. Escribió numerosas obras en las que brilla una doctrina totalmente celestial, que parece fruto de inspiración divina más que resultado del trabajo. Murió en 1153 y fue proclamado, por Pío VIII, Doctor de la Iglesia universal.

Oración: Oh Dios, que habéis enseñado a vuestro pueblo los caminos de la salvación eterna por ministerio del bienaventurado Bernardo, dignaos hacer que, después de haberlo tenido en la tierra como doctor y guía, lo tengamos como intercesor en el cielo. Por J. C. N. S.

En Roma, el tránsito de san Pío X, Papa y Confesor, defensor invicto de la integridad de la fe y de la libertad eclesiástica, e insigne por el celo de la religión; cuya fiesta se celebra el 3 de septiembre.

Junto al monte Senario, en Etruria, el tránsito de san Manetes, Confesor, uno de los siete Fundadores de la Orden de Siervos de la bienaventurada Virgen María, el cual, cantándole himnos, expiró. Su fiesta, junto con la de sus Compañeros, se celebra el 12 de Febrero.

En Judea, el santo Profeta Samuel, cuyos sagrados huesos, según escribe san Jerónimo, trasladó Arcadio Augusto a Constantinopla, y los colocó junto a Séptimo.

En Chipre, san Lucio, Senador, el cual, vista la constancia en el martirio de Teodoro, Obispo de Cirene, se convirtió a la fe de Cristo y trajo también a la misma al Presidente Digniano, con quien partió a Chipre; allí, viendo a otros Cristianos ser coronados por la confesión del Señor, se presentó espontáneamente al tirano, y cortada la cabeza mereció la misma corona.

En Tracia, treinta y siete santos Mártires, los cuales, de orden del Presidente Apeliano, después de cortados los pies y manos por la fe de Cristo, fueron arrojados en un horno encendido.

Allí mismo, los santos Mártires Severo y Memnón, Centurión, los cuales, muertos con el mismo género de martirio, subieron vencedores al cielo.

En Córdoba de España, los santos Mártires Leovigildo y Cristóbal, Monjes, los cuales, por la defensa de la fe cristiana, durante la persecución de los Árabes, encerrados en una cárcel, y después decapitados y arrojados al fuego, consiguieron la palma del martirio.

En la isla de Herio, san Filiberto, Abad.

En Roma, san Porfirio, varón de Dios, que instruyó a san Agapito, Mártir, en la fe y en la doctrina de Cristo.

En Chinón de Francia, san Máximo, Confesor, discípulo de san Martín, Obispo.

Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes.

R. Deo Gratias.