Fin de la procreación


Los padres son colaboradores de Dios.

La frase ya citada del Génesis, “creced y multiplicaos, y llenad la tierra”, expresa el fin que, de modo directo y principal, ha buscado Dios al instituir el matrimonio. Pensar en una finalidad contraria a ésta, equivaldría a contradecir la Revelación.

«Dios, con la creación del hombre y de la mujer a su imagen y semejanza, corona y lleva a su perfección la obra de sus manos; los llama a una especial participación en su amor y al mismo tiempo en su poder Creador y Padre, mediante su cooperación libre y responsable en la transmisión del don de la vida humana: “Y bendíjolos Dios y les dijo: Sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla” (Gn. 1, 28).  Así el cometido fundamental de la familia es el servicio a la vida, el realizar a lo largo de la historia la bendición original del Creador, transmitiendo en la generación la imagen divina de hombre a hombre» [1].

Los padres son insustituibles en esa misión, porque sólo a ellos se les ha comunicado la bendición de comunicar la vida.

Pero, en esa misión, la función de los esposos consiste en ser cooperadores y “ministros” de la acción de Dios [2], porque en el origen de todo hombre hay siempre un acto creador de Dios (el alma es creada inmediatamente por Dios), que se sirve del amor de los esposos para comunicar la vida humana.

Su realización personal está en la prestación de esta colaboración.

Por otra parte, en esta colaboración a la transmisión de la vida -sin que ello signifique dejar de lado los demás fines del matrimonio- está la peculiar dignidad de la sexualidad y amor conyugal.

El cuerpo posee un significado esponsalicio, es decir, está hecho para la unión:

… «varón y mujer han sido creados para el matrimonio» de forma tal que se define al ser humano como «un ser esponsalicio» [3]. Con «ser esponsalicio», se quiere interpretar que la vocación original del hombre y de la mujer es el matrimonio, de forma que los que no se casan lo deciden por razones bien diversas, razones que subliman el matrimonio hacia la unión espíritual y mística, buscando la unión esponsal del alma con Cristo:

«Si Cristo ha revelado al hombre y a la mujer por encima de la vocación al matrimonio, otra vocación -la renuncia al matrimonio por el Reino de los cielos-, con esta vocación ha puesto de relieve la misma verdad sobre la persona humana. Si un varón o una mujer son capaces de darse en don por el Reino de los cielos, esto prueba a su vez (y quizás aun más) que existe la libertad del don en el cuerpo humano. Quiere decir que este cuerpo posee un pleno significado “esponsalicio”» [4].

Este cuerpo esponsalicio expresa el amor en esa unión, amor conyugal, y da sentido a la existencia del propio hombre:

«El cuerpo humano, con su sexo, y con su masculinidad y feminidad, visto en el misterio mismo de la creación, es no sólo fuente de fecundidad y procreación, como en todo el orden natural, sino que incluye desde “el principio” el atributo “esponsalicio”, es decir, la capacidad de expresar el amor: ese amor precisamente en el que el hombre-persona se convierte en don y —mediante este don— realiza el sentido mismo de su ser y existir». [5]

Si el hombre se convierte en don con su cuerpo, entonces la procreación es el fin del matrimonio. Se procrea por amor, para participar en el amor de Dios, y para dar sentido a la vida.

Enseña el Concilio Vaticano II:

“El matrimonio y el amor conyugal están ordenados por su propia naturaleza a la procreación y educación de la prole. Los hijos son, sin duda, el don más excelente del matrimonio, y contribuyen sobremanera al bien de los propios padres…  Los esposos cristianos, confiados en la divina Providencia y cultivando el espíritu de sacrificio, glorifican al Creador y tienden a la perfección en Cristo cuando generosa, humana y cristiana responsabilidad cumplen su misión procreadora. Entre los cónyuges que cumplen de este modo la misión que Dios les ha confiado, son dignos de mención muy especial los que de común acuerdo, bien ponderado, aceptan con magnanimidad una prole más numerosa para educarla dignamente”  [6]».

Los hijos son la coronación de todo lo que ha sido donado entre los esposos.

«En la procreación de una nueva vida los padres descubren que el hijo, si es fruto de su recíproca donación de amor, es a su vez un don para ambos: un don que brota del don» [7].

Los padres que imaginan una contraposición entre las exigencias de la atención de los  hijos y su propia realización desconocen cuán íntimamente está ligado su bien y el de sus hijos. La comunidad conyugal implica de por sí la dedicación al designio divino de transmisión de la vida humana. La relación matrimonial va madurando si se hace realidad esta dedicación.

Situación social y cultural actual.

El Beato Juan Pablo II refiere con gran preocupación cómo muchos han perdido el sentido de la llamada de otros a la vida:

«Algunos se preguntan si es un bien vivir o sería mejor no haber nacido; dudan de si es lícito llamar a otros a la vida, los cuales quizá maldecirán su existencia en un mundo cruel, cuyos terrores no son ni siquiera previsibles.(…) Otros todavía cautivos como son de la mentalidad consumista y con la única preocupación de un continuo aumento de bienes materiales, acaban por no comprender, y por consiguiente rechazar la riqueza espiritual de una nueva vida humana. La razón última de estas mentalidades es la ausencia, en el corazón de los hombres, de Dios cuyo amor sólo es más fuerte que todos los posibles miedos del mundo y los puede vencer. Ha nacido así una mentalidad contra la vida (anti-life mentality), como se ve en muchas cuestiones actuales: piénsese, por ejemplo, en un cierto pánico derivado de los estudios de los ecólogos y futurólogos sobre la demografía, que a veces exageran el peligro que representa el incremento demográfico para la calidad de vida».[8]

Ciertamente, en la actualidad hay un cambio, como si se hubiera pasado a otra época, de la visión de los hijos como riqueza y bendición, al temerlos por el riesgo y la dedicación que llevan consigo. Hoy, en día, la inmensa mayoría de los padres ya no consideran al hijo como su máxima aspiración; antes quieren asegurarse la armonía de la vida conyugal, el trabajo, las relaciones sociales y un mínimo de seguridad económica.

Resumiendo y ordenando estos argumentos del Magisterio de la Iglesia se concluye lo siguiente:

  • Los hijos son un don de Dios,
  • Y una misión confiada a los padres el engendrarlos y educarlos.
  • De tal manera que los hace responsables en la transmisión del don de la vida,
  • Como ministros y cooperadores de la acción de Dios.

Luego el cometido fundamental de la familia es el servicio a la vida según el plan de Dios.

“En esa misión la función de los esposos consiste en ser cooperadores y ministros de la acción de Dios”[9]

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[1] Juan Pablo II, Exh. Apost. Familiaris Consortio nº 28.

[2] Cfr. Ibid  y  Conc. Ecum. Vat. II, Const. Pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, nº  50.

[3]  JUAN PABLO II, El hombre-persona se entrega con la libertad del amor (16-I-1980), “Ecclesia” 1967 (1980) 87.

[4] Ibid.

[5] JUAN PABLO II, Audiencia General, 16 de enero de 1980.
[6] Cfr. Ibid  y  Conc. Ecum. Vat. II, Const. Pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, nº  50.

[7] Juan Pablo II, Discurso los participantes al VII Simposio de los Obispos europeos sobre el tema”Las actitudes contemporáneas ante el nacimiento y la muerte: un desafío para la evangelización” (17 Oct 1989), nº5 y en la Enc. Evangelium vitae, nº 92.

[8] Juan Pablo II, Exh. Apost. Familiaris Consortio nº 30.

[9] Cfr. Ibid  y  Conc. Ecum. Vat. II, Const. Pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, nº  50.