Licitud de los métodos naturales


Comencemos por analizar en qué consisten las distintas clases de intenciones que se pueden tener a la hora de la prestación del acto conyugal. Éstas pueden ser de tres clases:

a) Intención procreativa:

La que tienen los cónyuges cuando hacen uso del matrimonio y buscan engendrar un hijo.

b) Intención no procreativa:

La que tienen los cónyuges cuando hacen uso del matrimonio y, aunque no desean tener un hijo por el momento, sin embargo lo aceptarían en caso de que viniera, es decir que dejan abierta la puerta a la vida a pesar de su intención momentánea de no procrear, y excluyen el uso de todo tipo de medios artificiales que interrumpan la fecundación, y se atienen sólo a los días infecundos de la mujer según su ciclo natural.

Es como si los padres dijesen: “Ahora no podemos tener un hijo. Hacemos uso del matrimonio con la esperanza de que no haya prole, pero estamos abiertos a la vida, si viene.”

El amor, si es verdadero, tiende por su propia naturaleza a ser fecundo. Lo normal y natural es que, como consecuencia de la fidelidad “creced y multiplicaos” (Gn 1,28), los esposos sean generosos al recibir los hijos que Dios quiera enviarles.

La orientación hacia la generosidad que da el Concilio Vaticano II, respecto a la tarea de transmitir la vida humana, no implica de ningún modo una simplificación ingenua de la realidad. La Iglesia reconoce claramente que existen con frecuencia circunstancias en las que no se puede aumentar el número de hijos:

«El Concilio sabe que los esposos, al ordenar armoniosamente su vida conyugal, con frecuencia se encuentran impedidos por algunas circunstancias actuales de la vida, y pueden hallarse en situaciones en las que el número de hijos, al menos por cierto tiempo, no pueden aumentarse» [1].

Por tanto, la Iglesia no se cierra los ojos ante la realidad, a veces dura y penosa, sino que se la presenta tal como es, o sea, como la privación de un bien que hay que soportar, no como un ideal generalizado que habría que proponer a la mayoría de los matrimonios.

c) Intención anti-procreativa:

La que tienen los cónyuges cuando hacen uso del matrimonio mediante la cual persiguen positivamente el no tener hijos, lo contrario a lo que ocurre cuando se tiene intención NO-PROCREATIVA. La intención ANTI-PROCREATIVA puede darse en personas que usan incluso el método natural, y normalmente es la que se da en las personas que usan los métodos artificiales del control de la natalidad.

Una vez analizadas las intenciones del acto conyugal respecto a la licitud del uso de los métodos naturales de control de la natalidad, las soluciones a que han llegado los moralistas, a partir del luminoso discurso de Su Santidad Pío XII a las obstetrices de Roma el 29 de octubre de 1951, y teniendo en cuenta el magisterio de Pablo VI y Juan Pablo II son, en resumen, las siguientes [2]:

A) Es perfectamente lícito el acto conyugal, tanto en los días agenésicos (días en que la mujer no es fértil) como en los días fecundos, cuando no se hace ninguna discriminación entre ellos.

B) El acto conyugal exclusivamente en los días agenésicos, evitándolo deliberadamente en los días fecundos, es lícito, si hay causas suficientes para ello: a esto se llama tener “INTENCIÓN NO PROCREATIVA”.

Para que la decisión de no procrear sea acorde con lo que debe ser el matrimonio es necesario que existan razones que así lo justifiquen.

“Por razones justificadas, los esposos pueden querer espaciar los nacimientos de sus hijos. En este caso deben cerciorarse de que su deseo no nace del egoísmo, sino que es conforme a la justa generosidad de una paternidad responsable[3]”.

Incluso pueden existir razones que lleven a ver que la decisión acorde con el designio divino sea no transmitir la vida, mientras esas razones o circunstancias persistan. Así lo enseña el Papa Pío XII:

«De esta prestación positiva obligatoria- se está hablando del acto conyugal – pueden eximir, incluso por largo tiempo y hasta por la duración entera del matrimonio, serios motivos como los que no raramente existen en la llamada indicación médica, eugenésica, económica y social».

“La Iglesia, por tanto, reconoce que pueden existir razones objetivas para limitar o espaciar los nacimientos, pero reafirma, de acuerdo con la Humanae Vitae, que las parejas deben tener serios motivos para que sea lícito renunciar al uso del matrimonio durante los períodos fecundos, y hacer uso de él durante los períodos agenésicos para manifestarse el afecto y salvaguardar la mutua fidelidad (cfr. Humanae Vitae n.16)” [4]

Motivos o causas suficientes para limitar o espaciar los nacimientos son principalmente las siguientes:

Por indicación médica ante el grave peligro que podría correr la vida de la esposa con un nuevo embarazo o el peligro de transmitir a los hijos graves enfermedades hereditarias.

Por angustia económica de los padres, que les ponga de verdad en trance difícil si se aumenta el número de sus hijos.

Por excesiva frecuencia de los embarazos, que convenga espaciar un poco más por razones atendibles (v. gr.,médicas, económicas, etc.).

También sería razón suficiente si fuera el uso del método natural el único medio de apartar a los cónyuges de las prácticas onanistas.

La paz y concordia entre los cónyuges; enfermedades psíquicas o psiquiátricas.

C) ES PECADO VENIAL, cuando el acto conyugal se realiza en las siguientes circunstancias, que tienen que darse todas al tiempo para que haya pecado:

  1. Teniendo una intención NO-PROCREATIVA.
  2. SIN CAUSAS JUSTAS.
    “No son causas suficientemente justas las siguientes:

    • La búsqueda del mero placer sin la carga de la prole.
    • La avaricia, para que los gastos no se aumenten a causa de la prole.
    • El esfuerzo de procurar a la prole ya nacida una sustentación y educación con mayor abundancia y lujo, etc”.[5]
  3. Utilizando los medios naturales.

En confirmación de lo dicho oigamos al Sumo Pontífice lo que dice al respecto:

“El recurso a los «períodos infecundos» en la convivencia conyugal puede ser fuente de abusos si los cónyuges tratan de eludir sin razones justificadas la procreación, rebajándola a un nivel inferior al que es moralmente justo, de los nacimientos en su familia. Es preciso que se establezca este nivel justo teniendo en cuenta no sólo el bien de la propia familia y estado de salud y posibilidades de los mismos cónyuges, sino también el bien de la sociedad a que pertenecen, de la Iglesia y hasta de la humanidad entera”[6]

D) ES PECADO MORTAL, cuando el acto conyugal se realiza en la siguiente circunstancia:

Teniendo una intención ANTI-PROCREATIVA (utilizando incluso los medios naturales).</9>


[1] Conc. Ecum. Vat. II, Const. Pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, nº 51.

[2] cfr. Royo Marín, Teología moral para seglares II, Madrid 1984, nº 631.

[3] CEC 2368

[4] Juan Pablo II, Audiencia general del 11-XII-1992 nº 2.

[5] Marcelino Zalba, Theologiae Moralis Summa III, Madrid 1954, nº 998.

[6] Juan Pablo II, Audiencia general del 11-XII-1992 nº 3.