Naturaleza del Matrimonio


  1. a) Definición:

La palabra matrimonio procede etimológicamente de matris munium (=oficio de madre), pues tiene relación con la tarea de concebir y educar a los hijos que, por su propia naturaleza, compete a la mujer.

El matrimonio, en su definición real, es la unión marital de un hombre y una mujer, entre personas legítimas, para formar una comunidad indivisa de vida:

Unión: significa tanto el consentimiento interior y exterior por el que se contrae matrimonio, como el vínculo permanente que nace de ese consentimiento;

Marital: la finalidad de esa unión es una legítima vida marital, entregando y recibiendo el derecho mutuo a la unión física de por sí apta para engendrar hijos;

De un hombre y de una mujer entre personas legítimas: se excluye así la poligamia (unión de un hombre con varias mujeres) y la poliandria (la unión de una mujer con varios hombres); por ley natural, o por ley positiva, no todas las personas pueden contraer matrimonio, o bien no lo pueden contraer con determinada persona, como sería el caso del impedimento por consanguinidad;

Para formar una comunidad indivisa de vida: el matrimonio es indisoluble, y exige que así lo sea también la unión de vida que origina.

El Catecismo de la Iglesia Católica recoge las palabras del canon 1055 del código de Derecho Canónico de 1983: “La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole, fue elevada por Cristo Nuestro Señor a la dignidad de sacramento entre bautizados” (CEC 1601).

  1. b) Institución:

El libro del Génesis enseña que Dios creó al hombre, macho y hembra, con el encargo de procrear y de multiplicarse (cf. Gn 1, 27). Es, entonces, cuando Dios instituye el matrimonio.

Esta institución del matrimonio es, por lo mismo, DE DERECHO NATURAL; es decir que existe el derecho de contraer matrimonio tan sólo por ser el varón, varón, y la mujer, mujer.

Por lo tanto, no existe el derecho de contraer el mal llamado matrimonio homosexual, el cual no es de derecho natural y se opone a la ley de la naturaleza humana, es decir, es una abominación, como se lee en el libro del Levítico, 18, 22: «No te ayuntarás con hombre como con mujer; es una abominación».

Del matrimonio tenemos también testimonios directos en el Nuevo Testamento. Uno de ellos tiene especial interés, pues Jesucristo atribuye al mismo Dios las palabras que figuran en el Génesis: «No habéis oído que al principio el Creador los hizo varón y mujer? Dijo: “Por eso dejará el hombre al padre y a la madre, y se unirá a la mujer, y serán los dos una sola carne” » (Mt 19,4-5).

Por tanto, el matrimonio

“no fue instituido ni establecido por obra de los hombres, sino por obra de Dios; fue protegido, confirmado y elevado no con leyes de los hombres, sino del Autor mismo de la naturaleza, Dios, y el Restaurador mismo de la naturaleza, Cristo Señor; leyes, por tanto, que no pueden estar sujetas al arbitrio de los hombres, ni siquiera al acuerdo contrario de los mismos cónyuges”. [1]

Para los bautizados el matrimonio es, al mismo tiempo, un sacramento cuyo significado místico es la unión de Cristo con la Iglesia (cf. Ef. 5,32), ya que la ley que lo modela es el Amor de Cristo a su Iglesia, que le hizo entregarse para santificarla y tenerla para Sí gloriosa, sin mancha ni arruga, santa e inmaculada (cf. Ef. 5,25-27). Es lo que expresa el Concilio vaticano II con estas palabras: “El Creador del mundo estableció la sociedad conyugal como origen y fundamento de la sociedad humana. Con su gracia la convirtió en sacramento grande en Cristo y en la Iglesia” (Apostolicam actuositatem 11ª).

El Catecismo de la Iglesia Católica sintetiza así la fe católica sobre la sacramentalidad del matrimonio:

“El matrimonio cristiano viene a ser por su parte signo eficaz, sacramento de la Alianza de Cristo y de la Iglesia. Puesto que es signo y comunicación de la gracia, el matrimonio entre bautizados es un verdadero sacramento de la Nueva Alianza”. (CEC nn. 1615 y 1617).

Por el sacramento del matrimonio los cónyuges reciben la gracia y los dones necesarios para vivirlo de acuerdo al querer de Dios.


[1] Pio XI, Enc. Casti connubii, 31-12-1930: Dz. 2225