Fines del matrimonio


  1. Fines [1] :

Los fines del matrimonio son: la procreación y educación de los hijos, la ayuda mutua entre los esposos y el remedio de la concupiscencia.

La revelación de Dios es clara respecto a este principio de orden natural y nos permite delimitar los fines del matrimonio. En el Génesis, después de narrarse la creación de hombre y de la mujer, se manifiesta la finalidad de la diversidad de sexos: “Creced y multiplicaos, y llenad la tierra” (Gn 1,28). A este fin se añadirán otros, también de importancia, como por ejemplo la ayuda mutua entre los esposos: “No está bien que el hombre esté solo: hagámosle una ayuda adecuada”  (Gn 2, 18).

a) Procreación y educación de los hijos:

La frase ya citada del Génesis, “creced y multiplicaos”, expresa el fin que de modo directo y principal ha buscado Dios al instituir el matrimonio. Pensar en una finalidad contraria a ésta equivaldría a contradecir la Revelación.

Este fin del matrimonio incluye también la educación de los hijos, de la que no se pueden desentender los padres, puesto que es un deber intrínsecamente unido al hecho de haber traído hijos al mundo. A este respecto enseña el Concilio Vaticano II: “El matrimonio y el amor conyugal están ordenados por su propia naturaleza a la procreación y educación de la prole. Los hijos son, sin duda, el don más excelente del matrimonio, y contribuyen sobremanera al bien de los propios padres” (GS n. 50)

b) La ayuda mutua, o bien de los cónyuges, y el remedio de la concupiscencia:

Conviene, por eso, aclarar que el hecho de que el matrimonio se dirija principalmente a los hijos, no significa que quienes lo contraen lo tengan que hacer siempre movidos por este fin. Si lo hacen porque se quieren, o por simple conveniencia, el fin del matrimonio no se disuelve o desaparece cuando se apague -si se apaga- aquel amor, o cuando ya no exista esa conveniencia, que no constituye la esencia del matrimonio. Como tampoco se disuelve si de hecho no vienen los hijos, puesto que permanece la ordenación a ellos del matrimonio en cuanto tal.

También son fines honestos el manifestarse mutuamente el amor que se tienen, o ayudarse mutuamente a  dirigir el apetito sexual hacia acciones moralmente buenas, evitando así que se descontrole en acciones moralmente malas.

Pero el sexo por puro placer egoísta, que no entra en los fines anteriores, y que hiere la caridad usando al otro como un puro objeto de satisfacción, es moralmente reprobable.


[1] Téngase muy presente que el Concilio Vaticano II —y posteriormente el Código de Derecho Canónico–no usan ya la tradicional distinción entre “fin primario y fin secundario” del matrimonio, ya que al tratar de este sacramento en la Constitución “Gaudium et Spes”— destinada a establecer un diálogo con toda la humanidad– no se quisieron emplear términos más técnicos propios de los moralistas. Sin embargo –-y lo mismo sucede con el Código (cfr.cn.1055 § 1)— la prioridad que se da a la generación de los hijos, dentro del matrimonio, queda claramente afirmada en las palabras, en el contexto y en la declarada intención de sus redactores, tal como se manifiesta en los documentos existentes del proceso del texto conciliar en los dos momentos en que explícitamente se trata de esta cuestión ( cfr. los nn. 48 y 50 de la Constitución Gaudium et Spes ).

Y para aclarar cualquier equívoco, el Beato Juan Pablo II dijo: «Aunque ni la Constitución conciliar, ni la Encíclica (Humanae Vitae), al afrontar el tema, empleen el lenguaje acostumbrado en otro tiempo, sin embargo, tratan de aquello a que se refieren las expresiones tradicionales (…) Con este renovado planteamiento, la enseñanza tradicional sobre los fines del matrimonio y sobre su jerarquía queda confirmada» (Discurso, miércoles 10/X/1984, n.3).