Propiedades del matrimonio


  1. a) La unidad:

La Iglesia declara que el matrimonio no es obra de los hombres, sino de Dios, y por tanto sus leyes no están sujetas al arbitrio humano . Las propiedades esenciales del matrimonio son dos:

El amor conyugal es, por su misma naturaleza, “un amor fiel y exclusivo hasta la muerte. Así lo conciben el esposo y la esposa el día en que asumen libremente y con plena conciencia el compromiso del vínculo matrimonial. Fidelidad que a veces puede resultar difícil, pero que siempre es posible, noble y meritoria…” (Humanae Vitae, n.9). Dios prescribió la unidad matrimonial desde que instituyó el matrimonio al crear al hombre, para asegurar la paz de la familia, y la educación y el bienestar de los hijos.

Atenta contra esta propiedad esencial tanto la poligamia (unión de un hombre con varias mujeres) como la poliandria (la unión de una mujer con varios hombres).

      Sí está permitido, en cambio, contraer sucesivamente un nuevo matrimonio, una vez disuelto el vínculo anterior por la muerte de uno de los cónyuges.

Esto se deduce de las Epístolas de San Pablo cuando afirma que la viuda que lo desee puede casarse de nuevo; que es mejor que el célibe y el viudo no se casen, pero que pueden hacerlo; que la mujer no es adúltera si se casa de nuevo después de morir su marido; que las viudas jóvenes, en algunos casos, es conveniente que se vuelvan a casar (cf. 1 Cor.7, 7-8.36.39.40).

El Magisterio de la Iglesia lo enseña igualmente (cf. Dz. 424, 455, 465).

  1. b) La indisolubilidad.

      La Iglesia declara que el matrimonio no es obra de los hombres, sino de Dios, y por tanto sus leyes no están sujetas al arbitrio humano. (cfr. Pío XI, Enc.Casti Connubii, n.3; Dz. 2.225).

El vínculo matrimonial es, pues, por institución divina, perpetuo e indisoluble: una vez contraído no puede romperse sino con la muerte de uno de los cónyuges.

El que los esposos tengan clara conciencia de la indisolubilidad de su unión, les ayudará a poner todo su empeño en evitar las causas o motivos de desunión, fomentando el amor y la tolerancia mutua.

Enseña el Beato Juan Pablo II que

“es deber fundamental de la Iglesia reafirmar con fuerza la doctrina de la indisolubilidad del matrimonio a cuantos, en nuestros días, consideran difícil o incluso imposible vincularse a una persona por toda la vida, y a cuantos son arrastrados por una cultura que rechaza la indisolubilidad matrimonial y que se mofa abiertamente del compromiso de los esposos a la fidelidad, es necesario repetir el buen anuncio de la perennidad del amor conyugal que tiene en Cristo su fundamento y su fuerza… Enraizada en la donación personal y total de los cónyuges y exigida por el bien de los hijos, la indisolubilidad del matrimonio halla su verdad última en el designio que Dios ha manifestado en su Revelación: Él quiere y da la indisolubilidad del matrimonio como fruto, signo y exigencia del amor absolutamente fiel que Dios tiene al hombre y que el Señor Jesús vive hacia su Iglesia.” [1].

Una vez que los dos esposos bautizados han realizado dentro del matrimonio el acto conyugal, tal matrimonio no puede disolverse sino con la muerte de uno de los cónyuges. Antes del primer acto conyugal dentro del matrimonio, éste puede ser disuelto por la dispensa del Papa con causas justas.

“La alianza contraída libremente por los esposos les impone la obligación de mantenerla una e indisoluble” (Catecismo n. 2397).


[1] JUAN PABLO II, Exh. Apost. Familiaris Consortio nº 20)