Paternidad responsable


A título de “paternidad responsable” la moral ha sido objeto de graves y alarmantes desviaciones. En la interpretación del vocablo existe un fuerte riesgo de graves equívocos. Es menester, por lo tanto, una legítima e inteligente matización según el Magisterio auténtico de la Iglesia.

Muchos entienden por “paternidad responsable” tener sólo uno o como máximo dos hijos. Es considerado irresponsable tener más, porque de este modo se acrecientan los daños ecológicos, se contribuye al aumento de una población, que es ya excesiva, y cosas análogas.

En estos criterios se imponen lógicamente las consecuencias de la exclusión de Dios del horizonte humano. Habiendo prescindido de Dios, autor de su vida, teniendo como único criterio maximizar el bienestar material con el mínimo de incomodidad y de sacrificios.

«La Encíclica Humanae vitae presenta la “paternidad responsable” como expresión de un alto valor ético. De ningún modo va enderezada unilateralmente a la limitación y, menos aún, a la exclusión de la prole; supone también la disponibilidad a acoger una prole más numerosa» [1].

La expresión  “paternidad responsable” significa verdaderamente el modo inteligente y libre con que los cónyuges deben cooperar con Dios en la transmisión de la vida humana, y no un poder arbitrario de los cónyuges sobre la vida.

A diferencia de los seres inferiores, en los que esa transmisión se rige por el instinto, el hombre tiene capacidad de conocer y aceptar libremente la ley de Dios sobre el originarse de la vida humana. En este contexto, la responsabilidad se refiere al esfuerzo -siempre con la gracia de Dios- por cumplir consciente y voluntariamente esa ordenación de Dios, ese Querer Divino. En el fondo, la verdadera responsabilidad se sitúa en la fidelidad al designio de Dios, a la Voluntad de Dios o, lo que es lo mismo, al orden moral recto.

La paternidad responsable posee las siguientes notas fundamentales:

1. El dominio necesario de la razón y de la voluntad
sobre las tendencias del instinto y de las pasiones
[2].

Hemos de reconocer que en la sexualidad humana, las pasiones y el instinto no siempre proceden en armonía con los dictámenes de la razón y con las determinaciones obligadas de la voluntad.

En estos casos la dignidad humana exige que lo que es instinto ciego, que lleva a un proceder incontrolado, propio de animales irracionales, y lo que es pasión desordenada por la concupiscencia, no prevalezca sobre las facultades características de los hombres y sobre la norma ética inscrita por Dios en el ser humano.

«La Encíclica Humanae vitae subraya en varias ocasiones que la “paternidad responsable” está vinculada a un esfuerzo y tesón continuos, y que se lleva a efecto al precio de una ascesis concreta» [3].

«El dominio del instinto, mediante la razón y la voluntad libre, impone, sin ningún género de duda, una ascética, para que las manifestaciones afectivas de la vida conyugal estén en conformidad con el orden recto particularmente para observar la continencia periódica. Esta disciplina, propia de la pureza de los esposos, lejos de perjudicar el amor conyugal, le confiere un valor humano más sublime.» [4].

2. En relación con las condiciones físicas, económicas,
psicológicas y sociales:

«La paternidad responsable se pone en práctica ya sea con la deliberación ponderada y generosa de tener una familia numerosa, ya sea con la decisión, tomada por graves motivos y en el respeto de la ley moral, de evitar un nuevo nacimiento durante algún tiempo o por tiempo indefinido» [5].

3. La responsabilidad debe estar guiada por un espíritu generoso

«Los esposos cristianos, confiados en la divina Providencia y cultivando el espíritu de sacrificio, glorifican al Creador y tienden a la perfección en Cristo cuando generosa, humana y cristiana responsabilidad cumplen su misión procreadora. Entre los cónyuges que cumplen de este modo la misión que Dios les ha confiado, son dignos de mención muy especial los que de común acuerdo, bien ponderado, aceptan con magnanimidad una prole más numerosa para educarla dignamente» [6].

La responsabilidad debe estar guiada por un espíritu generoso [7]. Los esposos cristianos al cumplir su función procreadora deben confiar en la Providencia divina y cultivar el espíritu de sacrificio [8]. De este modo se ponen las bases en las cuales fundar la generosidad que debe calificar la paternidad responsable.

En la práctica, dos son los caminos que se abren a los esposos en la decisión de transmitir la vida humana:

En el primer caso acomodan su conducta al plan de Dios. Los esposos se esfuerzan por conocer y seguir la ley de Dios con fidelidad aunque exija esfuerzo y no pocas veces suponga ir contracorriente.

En el segundo buscan ante todo el propio egoísmo y comodidad nacidos –tal vez- de un miedo a la vida como consecuencia de una mentalidad anticristiana. Será el afán de poseer más, el no complicarse la vida lo que justificará una actitud negativa, no sólo a la hora de decidir si se transmite o no la vida sino también cuando se trate elegir los medios para llevar a cabo esa decisión.

Para los esposos cristianos la decisión recta no puede ser otra que la generosidad en la respuesta a ese plan de Dios.

El Papa Pío XII manifestó en su sabiduría:

«Las familias numerosas, lejos de ser un mal social, son la garantía de la salud física y moral de un pueblo» [9].

Conocidos son los casos de Santa Teresa de Jesús, San Ignacio de Loyola, San Francisco Javier, Santa Catalina de Siena y otros tantos, que no hubieran venido al mundo para Gloria de Dios y de su Iglesia si sus padres no hubiesen aceptado una paternidad generosa. San Ignacio fue el menor entre trece hermanos; Santa Catalina de Siena fue la número 23 de 25 hermanos.

4. Dicha decisión debe estar realizada personal
y conjuntamente por los esposos:

Nadie puede sustituirlos en esa decisión; y no se les puede imponer desde instancias exteriores al matrimonio ni tampoco uno de los esposos al otro.

«Este juicio, en último término, deben formarlo ante Dios los esposos personalmente.» [10] Se dice en último término, para subrayar la propia responsabilidad de los esposos, pero sin excluir por esto que pidan consejo a otros.

La prudencia y la sensatez cristiana pide desoír las orientaciones que no respondan a la enseñanza del Magisterio de la Iglesia y oír los consejos buenos de personas de plena adhesión al Magisterio y probada vida cristiana.

5. El juicio de los esposos sobre la decisión
de transmitir la vida debe ser objetivo

Es decir, respetuoso con la ley de Dios, en fidelidad absoluta al orden moral recto; no basta la sinceridad de la intención ni se puede tomar arbitrariamente.

Existe una norma objetiva que, por encima de la voluntad, señala el criterio al que deben acomodar su conducta los esposos. Cualquier otra actitud es inconciliable con la verdadera dignidad y condición del hombre, imagen y semejanza de Dios.

«En la misión de transmitir la  vida, los esposos no quedan, por tanto, libres para proceder arbitrariamente, como si ellos pudiesen determinar de manera completamente autónoma los caminos lícitos a seguir, sino que deben conformar su conducta a la intención creadora de Dios, manifestada en la misma naturaleza del matrimonio y de sus actos y constantemente enseñada por la Iglesia» [11]

El hijo es un don que viene de Dios. No es originalmente un proyecto ni un derecho de los padres sino un proyecto de Dios, a cuyo servicio los padres ponen sus acciones, aceptando convertirse en sus colaboradores.


[1] Juan Pablo II, Audiencia general del 5.IX.1984 nº 3.

[2] Cfr. Ibid.

[3] Juan Pablo II, Audiencia general del 5-IX-1984 nº 2.

[4] Pablo VI, Enc. Humanae vitae nº 21

[5] Ibid, nº 10 y cfr. Juan Pablo II, Enc. Evangelium vitae nº 97.

[6] Conc. Ecum. Vat. II, Const. Pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, nº 50.

[7] Acta Synodalia Sacrosanti Concilii Oecumenici Vaticani II, Typis polyglottis Vaticanis, vol. IV, pars I, p. 539.

[8] Así lo explicaba la Relación: «Se propone a modo de inciso: “confiados en la divina Providencia”, el cual en el texto aludido se refiere a sólo los cónyuges que tienen prole muy numerosa, para que se extienda a todos los fieles cónyuges porque vale para todos y que se haga adición del “espíritu de sacrificio” con la referencia a 1 Cor. 7,5.» (Acta Synodalia Sacrosanti Concilii Oecumenici Vaticani II, Typis polyglottis Vaticanis, vol. IV, pars VI, p. 488.)

[9] John J. Billings, El don de la vida y el amor, Madrid 1994, p. 61.

[10] Ibid, nº 50.

[11] Pablo VI, Enc. Humane vitae nº 10.