Diferencias entre los métodos


En palabras de Pablo VI y Juan Pablo II existe una diferencia esencial, una diferencia de naturaleza ética entre los diversos modos de proceder. En los métodos naturales los cónyuges se sirven legítimamente de una disposición natural; en el anticoncepcionismo artificial se impide el desarrollo de los procesos naturales; en las tecnologías reproductivas se anula la concepción de un nuevo ser humano [1].

MÉTODOS NATURALES

Son los métodos de regulación de la natalidad que conociendo los esposos los días fértiles e infértiles de la mujer, hacen uso del matrimonio de acuerdo a la decisión emanada de su paternidad responsable. Así, si la decisión delante de Dios es no tener de momento un nuevo hijo, hacen uso del matrimonio exclusivamente los días infértiles. Si la decisión es engendrar un nuevo hijo hacen uso del matrimonio preferentemente los días fértiles.

Entonces

“el estilo de vida que deriva del ejercicio de la continencia periódica lleva a los cónyuges a profundizar su conocimiento recíproco y alcanzar una armonía del cuerpo, de la mente y del espíritu que los fortalece y los alienta en su ruta común a través de la vida. Ese estilo se caracteriza por un diálogo constante y enriquecido por la ternura y el afecto que constituyen el núcleo de la sexualidad humana.” [2]

ANTICONCEPCIONISMO ARTIFICIAL

Como su mismo nombre indica, es la actitud decidida del hombre o de la mujer de impedir la fecundación por medios artificiales, al realizar el acto conyugal. Es decir, medios que alteran el plan natural puesto por Dios.

“El anticoncepcionismo artificial refleja, a menudo, un planteamiento utilitarista de la sexualidad humana,  que lleva fácilmente a separar los aspectos físicos (los aspectos que hacen referencia al cuerpo) del contexto pleno del amor conyugal como compromiso, fidelidad recíproca, responsabilidad y apertura al misterio de la vida.” [3]

Las personas que se dejan influenciar por esta manera de pensar y de actuar, “utilizan al cónyuge”, pero no lo aman.

Con el ANTICONCEPCIONISMO ARTIFICIAL

“la sexualidad es usada como un «objeto» que, rompiendo la unidad personal del alma y cuerpo, contradice la misma creación de Dios en la trama más profunda entre naturaleza y persona.”[4]

Cualquier acción del hombre o de la mujer orientada a impedir la concepción de un nuevo ser antes, durante, o después del acto conyugal es una herida grave a la Ley de Dios que constituye pecado mortal.

La razón principal de esta afirmación es que Dios ha querido una conexión irrescindible ente el significado unitivo y el significado procreativo del acto conyugal en el matrimonio. Los hombres no lo pueden romper por su propia iniciativa [5].

Si se suprime uno solo de los dos aspectos se destruye la finalidad del acto conyugal, por lo tanto se destruye el mismo acto, pues deja de ser lo que es para convertirse en otra cosa distinta. Un ejemplo ayudará a entenderlo mejor:

Si una moneda con dos caras se divide por el medio (por el canto de la moneda), tendremos dos mitades de moneda que ya no servirán para nada, pues nadie en el mercado nos aceptaría la mitad de una moneda; la moneda quedó destruida para siempre.

Algo parecido ocurre con los dos aspectos del acto conyugal, que no pueden separarse nunca, pues de lo contrario el acto creado por Dios quedaría destruido.

Dicho de otro modo, quien se queda con un solo aspecto suprimiendo el otro destruye el orden creado por Dios, destruye la obra de Dios. La obra de Dios en la unión carnal entre el hombre y la mujer es engendrar siempre una vida. quien no busque esto en matrimonio no ha entendido lo que es un hombre ni lo que es una mujer para Dios.

La relación sexual no es algo biológico, un movimiento de cuerpos, la consecución de un placer en donde se acaba todo. La relación sexual es para un amor. Y el amor es para crear vida. Se ama para dar la vida y para engendrarla. Si se impide estas dos cosas, ni el varón ni la mujer se aman en la relación sexual, sino que ambos se usan para un fin material en la vida.

TECNOLOGÍAS REPRODUCTIVAS

Es engendrar una nueva vida no a través de la unión carnal entre el hombre y la mujer, no siendo “una sola carne”, sino por otros medios, fuera del coito; éstos se pueden dividir en dos grandes categorías: (1) la fecundación artificial, que abarca (a) la inseminación artificial y (b) la fecundación in vitro y la transferencia de embrión; y (2) la reproducción agamética o clonación.

Es siempre inmoral generar vida humana fuera del acto matrimonial:

“El acto conyugal por el cual la pareja expresa mutuamente darse el uno al otro, al mismo tiempo expresa su apertura al don de la vida. Es un acto inseparablemente corporal y espiritual. Es en sus cuerpos y a través de sus cuerpos que los esposos consuman su matrimonio y son capaces de convertirse en padre y madre. Para respetar el lenguaje de sus cuerpos y su natural generosidad, la unión conyugal debe tener lugar con respeto de su apertura a la procreación; y la procreación de la persona debe de ser fruto y el resultado de un amor matrimonial. El origen del ser humano, por tanto, sigue a una procreación que está “ligada a la unión, no sólo biológica sino también espiritual, de los padres, hecha una por el pacto del matrimonio”. [6].

El origen del ser humano sigue una procreación ligada a la unión biológica y espiritual.

La vida de un ser humano no es sólo la concepción que se origina cuando un espermatozoide se fusiona con el óvulo, sino que, además, es necesario que se infunda el alma. Dios, al crear al hombre, del polvo de la tierra, infundió –en esa concepción- el aliento de vida, es decir, el alma se encarnó, asumió esa carne concebida.

Para que un alma tome cuerpo en la concepción del gameto masculino y femenino, se necesita que el hombre entre en la mujer y deje allí su semilla, la semilla de la vida. Sin la obra directa del varón, todo lo que una mujer conciba en su vientre no pertenece a la naturaleza humana.

Así, en la fecundación artificial, en donde el semen es introducido en el tracto reproductor femenino mediante instrumentos, con el fin de fecundar el óvulo, lo que se tiene es un nuevo ser, debido a la unión de los gametos, pero sin alma, porque el hombre no ha obrado como varón, en su función masculina, sino que se ha usado lo material de la vida, su esperma, lo propio de la especie humana, para engendrar una carne. Esa carne no ha sido asumida por un alma, porque el hombre no ha usado su cuerpo con su significado esponsalicio, es decir, no ha transmitido el amor al dar su semen para engendrar el óvulo. Sólo dio su semen, como un producto a seleccionar, como una mercancía que se compra y vende. Pero el varón no ha hecho un acto de amor para engendrar ese hijo uniéndose carnalmente a la mujer. La mujer engendra como resultado, pero sólo un ser que exteriormente tiene apariencia de hombre, pero no tiene alma. La mujer ha recibido sólo el semen del varón, pero no al varón. La infusión del alma exige que el varón entre en la mujer y deposité allí su semen. Es necesario la obra directa del varón para la concepción de los gametos. Es necesario una unión carnal entre varón y mujer.

Cuando tanto el semen como el óvulo son colocados en una probeta para producir la concepción en ésta, y después colocar lo concebido, el embrión en desarrollo, en la matiz de la mujer, ese embrión no tiene alma humana, porque ni el varón ni la mujer han puesto su función propia, la masculina y la femenina, en la concepción de ese ser. Ha sido la probeta el lugar de concepción de la nueva vida, indicando así que la vida es un producto del hombre, una manipulación, pero no una creación de Dios, no una cooperación con el amor y la vida de Dios.

La nueva vida humana se da sólo en y a través del acto matrimonial -el acto apropiado y único de los esposos-, y no es generada por la nuevas tecnologías “reproductivas”.

La vida humana debe ser engendrada, no hecha, no fabricada, no manipulada, no adulterada, porque se va a engendrar una persona que es imagen y semejanza de Dios. Se va a concebir una vida que posee un alma, la cual es sólo inundida en la relación sexual entre un hombre y una mujer. Sin esta ley natural, lo que se concibe mediante tecnicas inventadas por el hombre es una nueva raza híbrida que no pertenece a la naturaleza humana.

Con las nuevas tecnologías reproductivas, no sólo se anula la vida humana, sino que se manipula la nueva vida que se concibe en el laboratorio. Se crea algo nuevo.

El hijo debe ser el fruto del acto matrimonial, que debe estar directamente relacionado con la concepción de los gametos. El fin del acto matrimonial es para hacer posible el acto biológico, la unión de los gametos. Sin esta relación directa, con medios que sustituyan y reemplacen el acto matrimonial, lo que se concibe es siempre un ser nuevo, pero sin alma.

“La persona humana debe ser aceptada en el acto de unión y amor de sus padres; la generación de un hijo debe, por lo tanto, ser el fruto de esa entrega mutua que se realiza en el acto conyugal, en el que los esposos cooperan como sirvientes y no como amos del trabajo del Creador, que es amor” [7].


[1] Cfr. Juan Pablo II, Audiencia general del 8-VIII-1984 nº 2 y Pablo VI, Enc. Humane vitae nº 16.

[2] Juan Pablo II, Audiencia general del 11-XII-1992 nº 4.

[3] Juan Pablo II, Audiencia general del 11-XII-1992 nº 4.

[4] Ibid, y la Enc. Familiaris Consortio ,n.32.

[5] Cfr. Pablo VI, Enc. Humane vitae nº 12

[6] Donum Vitae, II, B, nº. 4. La cita interna es de Juan Pablo II, Discourse to those taking part in the 35th General Assembly of the World Medical Association, October 29, 1983.

[7] Donum Vitae, II, B, 4, 7.