Aborto

Aborto

La vida es una verdad absoluta (cf. Gn 1, 20; 1, 24; 1; 26), Dios «da a todos la vida» (Act 17, 24). «Yo no sé cómo aparecisteis en mis entrañas, ni fui yo quien os regaló el espíritu y la vida, ni tampoco organicé yo los elementos de cada uno; pues así el Creador del mundo, el que modeló al hombre en su nacimiento y proyectó el origen de todas las cosas…» (2 Mac 7, 22). En la creación del mundo aparece la vida, que es superior a toda materia, y que posee un orden sapientísimo que supera a todas las fuerzas de la materia.

«En los vivientes la vida es el ser» (Aristóteles, De Anima), es decir, la vida es el ser en su naturaleza. Si se niega el ser de las cosas, se niega la vida. El ser viviente es poseer una naturaleza para «sentir o conocer» (Aristóteles, Ethica). Quien no siente o no conoce no puede vivir, porque no tiene un ser para la vida. No tiene un alma vegetativa ni sensitiva ni racional. Puede, sin embargo, tener un ser que no sea animado por un alma, como una piedra, el agua, etc. Existe, tiene ser, pero no vive, no tiene un principio vital para sentir o conocer.

Dios, al tener un entendimiento absolutamente perfecto y siempre en acto pose la vida más perfecta. Su modo de vivir no tiene principio vital, porque Dios es su mismo ser y su mismo conocer. Los demás seres necesitan de un principio vital, de la vida que Dios ha impreso en su naturaleza. Quien va contra la propia naturaleza, quien no guarda la ley natural (aborto, homosexualidad, masturbación, esterilización, manipulación genética, etc…), va en contra de su misma vida, se autodestruye, se transforma en un ser que contiene la muerte, la destrucción, la aniquilación. Eso es el demonio y todos los condenados: seres con una vida deformada, degradada, porque niegan su propia naturaleza, su propia vida dada por Dios. La mujer que mata la vida engendrada en ella destruye su propio ser de mujer y se convierte en otra cosa, en un ser horripilante, en un ser malvado, en un ser sin amor y sin verdad. El ser que se concibe en una probeta ya no tiene una vida humana, sino degradada en el espíritu.

Cuando la vida deja de ser algo sagrado, un valor absoluto, entonces la vida se convierte en un «material», en un objeto para usar y tirar, en un «acto administrativo».

En 1974 se aprueba en Francia la Ley Veil, que es la ley del aborto. Con el tiempo se aprobará también en otros países. La masonería estuvo –y está- detrás de esto. La ministra Simone Veil tenía entre sus asesores a Pierre Simon, Gran Maestre de la Gran Logia de Francia, quien publicó un libro titulado “La vida ante todo” («De la Vie avant toute chose»). Hablando de lo que él entiende por vida, dice lo siguiente:

“Es todo el concepto de la familia lo que está derrumbándose. La Ley Veil es una gran victoria de la masonería sobre el pensamiento judeo-cristiano. Amar verdaderamente la vida, respetarla, implica muchas veces el deber y valentía de rechazarla. El aborto y la eutanasia son un derecho y a veces, incluso, un deber de las personas”.

Es decir, es el hombre el que dispone de la vida, el que da la vida, el que quita la vida. El hombre tiene derecho a matar, a quitar la vida. Ya no hay que hacer referencia a Dios. Es el hombre el que decide lo que es la vida, cómo vive la gente, cuándo hay que suprimir una vida. Por eso, continuaba diciendo:

“El nacimiento de un niño que sea anormal sin remedio posible: «dejar morir». ¿No es preservar la vida?”.

Matar es preservar la vida. Entonces, ¿qué es la vida de un hombre para la mente perversa de Pierre Simon?

Va a responder el Cardenal Raztinger que, ante esta una nueva concepción de la vida, plantea:

«Es impresionante leer algunas afirmaciones de un médico francés, que ha sido Gran Maestro de la Gran Logia Masónica de Francia, que preanuncian una medicina concebida como proyecto de cambio de la vida del hombre: “Si la gran victoria de la medicina en el pasado fue la de hacer retroceder la muerte, la segunda victoria será la de cambiar la noción misma de vida (…) La vida humana pierde hoy el carácter absoluto que tenía en el Génesis o en Aristóteles o Buffon, para ser un concepto que se modela y se desarrolla conforma a las leyes, a las ideas y al conocimiento. La vida es lo que hacen los vivientes; es la cultura lo que la determina… Y nosotros somos muy conscientes de que esta batalla no es solamente técnica, sino más bien filosófica. La vida como material: este es el principio de nuestra lucha (…) Aquí está justamente la idea-motor: plantear el principio según el cual la vida es un material, en el sentido ecológico del término, y que nos corresponde a nosotros administrarla…”. Ciertamente, cuando uno se da cuenta de que de este modo todo puede estar a merced del poder y del poder del más fuerte (…) entonces surge el miedo. Ante una «libertad sin ley» (1 Cor 9, 21: anomoi), se trata de huir refugiándose en una «ley sin libertad». Es la otra oscilación, diametralmente opuesta al péndulo de una libertad que ha perdido su nexo con la verdad» (“La vida en el designio de Dios y en el proyecto del hombre”, en Actas de la novena conferencia internacional… DH, 28 (año X, nº 1), 1995).

¿Qué es la vida para el hombre moderno? La vida como material: se lucha por un material. Se plantea el principio según el cual la vida es un material, en el sentido ecológico del término. Se pueden eliminar vidas que al hombre no le gusten que aparezcan en su vida. En el nuevo orden mundial, la vida de cada hombre es un material, no es un derecho humano.

Si la vida se convierte en un material que administra el poder, entonces «surge el miedo».

Si no se defiende la vida, entonces ¿qué derecho del hombre se va a defender? ¿qué vida el hombre puede vivir? ¿qué sentido a la vida puede encontrar el hombre? Surge el pánico en la vida.

Decía Juan Pablo II, en la Evangelium Vitae:

«Si es muy grave y preocupante el fenómeno de la eliminación de tantas vidas humanas inocentes o próximas a su ocaso, no menos grave e inquietante es el hecho de que a la conciencia misma, casi oscurecida por condicionamientos tan grandes, le cueste cada vez más percibir la distinción entre el bien y el mal en lo referente al valor fundamental mismo de la vida humana… Pero nuestra atención quiere concentrarse, en particular, en otro género de atentados, relativos a la vida naciente y terminal, que presentan caracteres nuevos respecto al pasado y suscitan problemas de gravedad singular, por el hecho de que tienden a perder, en la conciencia colectiva, el carácter de «delitos» y asumir paradójicamente el de «derecho», hasta el punto de pretender con ello un verdadero y propio reconocimiento legal por parte del Estado y la sucesiva ejecución mediante la intervención gratuita de los mismos agentes sanitarios. Estos atentados golpean la vida humana en situaciones de máxima precariedad, cuando está privada de defenderse. Más grave aún es el hecho de que, en gran medida, se produzcan precisamente dentro y por obra de la familia, que constitutivamente está llamada a ser, sin embargo, santuario de la vida. ¿Cómo se ha podido llegar a una situación semejante?» (EV, 11).

El mismo Papa da la respuesta:

“En la raíz de cada violencia contra el prójimo se cede a la lógica del maligno, es decir, de aquél que «era homicida desde el principio» (Jn 8, 44), como nos recuerda el apóstol Juan: «Pues este es el mensaje que habéis oído desde el principio: que nos amemos unos a otros. No como Caín, que, siendo del maligno, mató a su hermano» (1 Jn 3, 11-12). Así, esta muerte del hermano al comienzo de la historia es el triste testimonio de cómo el mal avanza con rapidez impresionante: a la rebelión del hombre contra Dios en el paraíso terrenal se añade la lucha mortal del hombre contra el hombre” (EV, 9).

¿Cómo se ha podido llegarse a esto? Por la lógica del maligno: no hay otra explicación. Los hombres siguen el razonamiento que existe en la mente del demonio. Los hombres ya no escuchan a Dios, sino que escuchan al demonio en sus vidas, que siembra en el corazón del hombre lo que es: matador de hombres, homicida desde el principio. Y lo escuchan aunque no crean en el demonio. No hace falta creer en el demonio para ser engañado por él.

Llega un momento en que a base de matar se pierde la conciencia del bien y del mal, todo vale, y matar se convierte en un derecho y, claro, vivir así en estas sociedades, en este mundo, da miedo.

Se elimina el primero de los principios de los derechos humanos, que es el derecho a la vida, y se pone en manos de gente asesina. Consecuencia: aquí ya no se puede uno fiar de nadie, porque la vida se ha convertido en un material. Se dispone por leyes inicuas de la vida de cada hombre.

El gran problema que tiene occidente y el mundo en este momento: la destrucción de la vida, la cultura de la muerte. El mismo hombre se está autodestruyendo. Y es feliz persiguiendo la muerte, dando a los hombres el derecho a matar.

“La vida humana es sagrada e inviolable desde su concepción hasta su término natural. «No matar» es el mandamiento divino que señala el límite extremo, que nunca es lícito traspasar. «La eliminación directa y voluntaria de un ser humano inocente es siempre gravemente inmoral» (EV, 57). El derecho a la vida es inviolable” (Juan Pablo II – XXXII Jornada mundial de la Paz, 1 Enero 1999).

Si no se defiende la vida del hombre, el hombre nunca podrá ser libre.

Ha provocado más víctimas las leyes abortistas después de la II Guerra Mundial que la misma guerra. En el libro negro del comunismo se hablan de 100 millones de muertos. En 2105, en un solo año, se llegaron a 56 millones de abortos en todo el mundo.

Ya no sólo es la destrucción de tantas vidas inocentes, sino que esto ha traído una degradación moral de la sociedad, un conformismo en que se relativiza absolutamente todo. Lo que es delito se ha convertido en derecho. La sociedad no es capaz de percibir siquiera el mal en el que está inmersa. Este es el gran daño.

Aquí está la perversión de las mentes de los hombres, perversión que tiene su raíz en la obra del demonio en el hombre, obra que el mismo hombre no ve por haberse apartado de los mandamientos de Dios, de la ley divina.

La misma sociedad se ha convertido en una especie de secta en la que ya no se puede vivir, ya no es posible el derecho a la vida, a ser uno mismo; en donde se manipula la vida, se decide quién vive y quién no tiene derecho a vivir, cómo se vive y cuánto dura la vida, en donde las personas sólo son carne de cañón, «experimentos» de las mentes de los poderosos, negocio rentable para unos pocos.

«Esta es la vida eterna: que te conozcan a Ti el solo Dios verdadero, y a quien enviaste, Jesucristo» (Jn 17, 4). La vida es la inteligencia. Allí donde se pervierte la inteligencia, se pervierte la vida. Allí donde el hombre no sigue la verdad de Dios, allí vive su vida en el error y en la ignorancia.

Se está levantando una sociedad del demonio, en la que los hombres siguen la inteligencia del demonio, una inteligencia para matar, una vida para matar, una vida en la muerte y desde la muerte. Los hombres, al pervertir sus inteligencias, se convierten en demonios, viven endemoniados, viven esclavizados a la obra del demonio en ellos. En estas sociedades del demonio se persigue siempre a la persona que mantiene su inteligencia en la verdad absoluta. En estas sociedades se da la manipulación de las mentes de los hombres para que vivan una vida de locura y totalmente pervertida.

Para vivir en Dios el hombre tiene que obedecer ciegamente la Mente de Dios. Para vivir en el demonio, el hombre tiene que llenarse de las inteligencias perversas de la mente del demonio, de la lógica sin lógica, para adquirir una inteligencia propia de la vida demoniaca.

Estamos en una batalla de inteligencias. Quien permanezca unido a la Inteligencia Divina ése es el que gana esta batalla.

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