Reencarnación

Reencarnación

También conocida por metempsicosis, término compuesto de los sufijos griegos «-sis» (=acción de), «meta» (=más allá), «psykhé» (=el alma), que significa acción de ir el alma más allá, transmigración del alma, palaginesia o renacimiento.

La reencarnación es una creencia común a todas las religiones de origen indio: hinduismo, budismo, jinismo, según las cual el alma humana que no ha logrado su total purificación, tras la muerte vuelve a vivificar otro cuerpo humano o no humano de modo indefinido, hasta que esté suficientemente limpia y sea capaz de la unión con la divinidad.

La reencarnación de las almas es incompatible con la fe revelada y con el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia. La reencarnación va en contra de la resurrección de los muertos, la inmortalidad del alma, la existencia del infierno y del purgatorio, etc.

Las pruebas que suelen darse para afirmar la existencia de la reencarnación se refieren a los siguientes casos y textos, ciertamente no bien interpretados:

  1. La creencia en el retorno de Elías y la afirmación de que Juan Bautista no es sino Elías reaparecido en la tierra. Pero Elías fue arrebatado a los cielos sin haber conocido la muerte. Su retorno se relaciona o bien en cuanto de nuevo va a reaparecer, es decir, va a descender de los cielos (cf. Ap 11, 7), o por la manifestación de su espíritu en San Juan Bautista (cf. Mt 17, 13.17; Lc 1, 17). Jesús no enseña una identidad personal entre ambos, sino una coincidencia meramente simbólica en cuanto que Juan Bautista es «otro Elías» por su espíritu y fuerza evangelizadora.
  2. La necesidad de «renacer» expuesta por Cristo a Nicodemo (Jn 3, 3-5). Pero no se trata de un «nacer de nuevo» en cuanto que la misma alma vivirá una y otra existencia terrena aunque en distintos cuerpos, sino de un «renacer del agua y del Espíritu», mediante el Bautismo, «de arriba», de Dios, como condición para poder entrar en el Reino de Dios, o sea para salvarse.
  3. Lo relativo al ciego de nacimiento (Jn 9 1-12). La pregunta: «¿Quién pecó, éste o sus padres, para que naciera ciego?», refleja la creencia judía en la retribución de las buenas o malas obras, que puede diferirse una o más generaciones, pero no por obra de la reencarnación del alma ni por acumulación de karma, sino por efecto del pecado original, por una obra espiritual ajena a la misma persona. Además, en este pasaje, Cristo niega esa mentalidad: «Ni pecó éste ni sus padres, sino para que se manifieste la obra de Dios en él».

La reencarnación y todas sus exposiciones, tanto religiosas como filosóficas, se basan en el dualismo antropológico, que contrapone el cuerpo y el alma concediendo valor sólo al alma.

Este dualismo viene de Platón, pero es Descartes el que lo desarrolla, al poner en lucha dos sustancias, cuerpo y alma, rompiendo la unión sustancial entre ambas, y llevando la mente del hombre hacia el dualismo de propiedades, en el cual ya no hay dos sustancias distintas, cuerpo y alma, sino una única cosa: un ser, una persona, que tiene propiedades, unas físicas, otras mentales. De aquí sólo hay un paso para caer en la reencarnación, dando al alma, a la propiedad mental, el valor único en la vida, valor que necesita de una propiedad física, no importa que sea un cuerpo humano o no humano, para poder ser obrada y vivida.

La verdad de lo que es el cuerpo y el alma está en la dualidad antropológica, no en el dualismo antropológico, en la cual se da la unión sustancial entre dos sustancias diferentes (dualidad), cuerpo y alma, unión querida por Dios y salvada por Cristo. Cristo redime las dos realidades, cuerpo y alma, y la misma unión sustancial del cuerpo y del alma, es decir, al mismo hombre. Esto lo niega la doctrina de la reencarnación.

Quien sigue la reencarnación vive una especie de autorredención, en la cual sólo por sus esfuerzos humanos llega al sentido de su vida. La reencarnación, por tanto,  no encaja en la lógica de la gracia ni del Espíritu, que es la obra de la Redención de Cristo en el hombre. Es el Espíritu el que lleva a la plenitud de la verdad, es decir, a dar sentido auténtico a la vida del hombre. Y es la gracia la que perfecciona la misma vida humana, la unión entre cuerpo y alma, al transformarla y elevarla en la vida divina.

Hoy día, la doctrina reencarnacionista es algo curioso y fascinante entre los hombres, y se ha adaptado con gran facilidad a la mentalidad occidental actual, sobre todo entre los jóvenes.

  1. Muchos hombres, entre ellos católicos, siguen de esta doctrina su consideración como autorrealización personal, la maduración siempre progresiva y ascendente sin retroceso ni caídas.
  2. Muchos han intentado demostrar científicamente esta teoría, como Steiner desde las ciencias naturales; W. Trautmann desde la física nuclear, reduciendo a la persona humana a una correlación de electrones capaces de conciencia y pensamiento; I. Stevenson desde la parapsicología y la psiquiatría, aportando datos sobre niños que dicen recordar haber vivido en existencias anteriores o en algunas experiencias tenidas en las mismas. Otros psiquiatras, como R. J. Woolger, han usado las doctrinas reencarnacionistas como recurso psicoterapéutico en cuanto que el descubrimiento de experiencias traumáticas de vidas pasadas, por medio de la hipnosis y su retorno a la consciencia, contribuiría a la liberación de su opresión acumulada en el inconsciente. Estos mismos autores vinculan la reencarnación a la astrología y al horóscopo sin apenas dejar espacio para la libertad personal. El uso occidental de la reencarnación como psicoterapia trata de mejorar sólo esta vida, la existencia intraterrena, finalidad extraña a las religiones surgidas en la India, en las cuales la reencarnación es un medio purificatorio para cerrar la cadena reencarnacionista y poder saltar al Nirvana (budismo), a la disolución en Brahmán (hinduismo), es decir, al estado en el cual se da el control de todos los sentidos en cualquier tiempo y lugar, con un autodominio total de todas las pasiones del alma y del cuerpo, con un cuasi ayuno permanente y una ausencia de emociones y deseos. Esto, para la cultura occidental, zambullida en el clima pagano y laicista, es incomprensible y una auténtica locura.

Según los que creen en ella, la reencarnación es:

  1. Una exigencia de la justicia que pide recibir la retribución del karma acumulado durante la vida. El karma es la obra de una persona, ya sea buena ya sea mala, así como sus efectos en otras personas. Cada alma se reencarna por el peso inercial de esa obra. El alma no es libre respecto a su obra, sino que depende de ella. Vive para ella, vive en ella. El alma estará en un cuerpo de un ser superior o inferior de acuerdo a esa obra, si la ha perfeccionado o la ha hecho corrupta. La vida de estas personas está condicionada por el instante precedente y por su influjo en el siguiente. Es una vida presionada por su misma obra, angustiosa. Están bajo la ley del karma, esclavizados a esa ley, que es «causa-efecto». Cuando hayan quitado lo negativo de la obra, el karma negativo, entonces se fusionan en Brahmán, es decir el alma se diluye en un ser en sí mismo búdico, iluminado, totalmente purificado. (En esta doctrina no se entiende por qué la obra, el karma, sólo afecta al alma y no a todo el yo humano, a la persona, que es la responsable de todos sus actos. Sólo subsiste el alma, no el individuo, que vivifica innumerables cuerpos. Ni tampoco se ve cómo puede ser justo que un hombre reciba el premio o el castigo de algo que no ha sido hecho por él. Y, para colmo, el alma, un vez que ha alcanzado su purificación, no conserva su individualidad ni su consciencia, ya no es más alma, sino que se diluye, se confunde en un ser que no existe, como es el Brahmán).
  2. Una expiación por las faltas de las existencias anteriores sin recurrir al Purgatorio.
  3. Una progresiva purificación con tal que el alma se ajuste con minuciosidad a su nueva condición y sus obligaciones específicas en su nuevo modo de vida, animal o vegetal.
  4. Una explicación del origen del mal y de los males.
  5. Un modo de no jugarse el destino eterno a una sola baza o en una sola existencia.

La reencarnación deja la puerta abierta a la vía a la felicidad en el porvenir, labrada por uno mismo con solas sus fuerzas, sin purgatorio y sin infierno. Ellos dicen que el infierno es uno mismo, es esta vida.  Frase acuñada por muchas personas.

El cristianismo ofrece la Misericordia de Dios Padre y la redención de Jesucristo que nos h eximido de la rígida ley  del karma, la cual obliga a pagar hasta el último céntimo de la deuda, nunca disminuida, sino acrecentada en las sucesivas reencarnaciones.

 

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